sábado, 20 de febrero de 2010

RETRATO FAMILIAR


“…y saber que donde no hay un padrenuestro,
El amor es un Cristo pecador…”
Cesar Vallejo


Siempre se nos ha dicho que las relaciones familiares se sustentan en la verdad, sobre la más firme veracidad. Nos acostumbramos a modelar el pasado de la familia desde la versión de una o dos personas, cualquier sobresalto en el relato por comentarios de un tercero, lo dirimimos con los consabidos odios o envidias que nos han enseñado a ver, que hemos heredado, para encausar, nuevamente, las incertidumbres malsanas en el mismo relato. Algunos acontecimientos que moldean ciertas emociones, distancias o los más aberrantes odios, en muchas ocasiones encuentran su origen en este relatito primigenio, la suma inmisericorde de retazos lanzados al azar en las peroratas de los padres que en el fan de explicar o infundir temor para justificar la norma o el juete, recurren a la enmohecida memoria familiar. Hasta la idea del calor de hogar – hierofanía del sacerdote barrial - circula en esa unidad comunitaria que construye tan insulsa leyenda.

Me puse en la tarea – que considero obligatoria y conspicua - de indagar por esos fragmentos que no encajaban en mi relatito familiar, esperando poder desentrañar el mas mínimo desbarajuste para increpar el pasado y cercenarle sin pudor, pues el deleznable futuro estaba terriblemente condicionado por este puñado de migajas. En la tarea investigativa encontré 172 miembros (150 con algún vinculo consanguíneo directo, 22 de otras estirpes menos puras), en su mayoría muertos, los restantes humildes hombres y mujeres de clase baja-baja con una fertilidad desmesurada, dedicados a la agricultura, la construcción, el sicariato, el subempleo y por supuesto el ejercicio ciento por ciento paisa de acabar con el mundo, también hice un genograma con colores de navidad y una pueril exposición de mis descubrimientos a mi tía desdentada.

Cuando tomo la decisión de sentarme pacientemente a hablar con las personas que conforman mi familia, nunca imagine encontrar parapetos de silencio tan bien diseñados, fortificados esta vez para impedir la ponzoña de mis preguntas, pero que cualquier somero acercamiento podía notar que eran permanentes, inevitables y tal vez necesarios; mi fugas búsqueda solo les hacia notorios. Pero el silencio estaba de mi parte, pues esté, posee la característica contraria al extenderse, de invocar el hablar.

Las cabezas se inclinaban hacia el suelo, los ojos se precipitaban sobre la pantanosa memoria dejando entrever la impertinente duda, las manos no hallaban un lugar donde descansar y los labios titubeaban para emitir palabra; el cuerpo completo de quienes interpelaba parecía poseído por una fuerza ajena a si mismo que se esforzaba en controlar el flujo de recuerdos y certezas, a guisa de válvula esta fuerza exterior se empeñaba en darle razón a los escritores – lo que confirma que no era una intervención divina –, esta vez a García Márquez: “ los humanos tenemos tres vidas, una publica, una privada y una secreta, de esta ultima no se le habla ni a la madre”; si, así es, esta ultima (la vida secreta) se cerca con el mas vehemente cuidado, es en ultima instancia la gota de pasado que nos permite aun con el paso del tiempo, poder seguir diciendo que somos.
Aunque esto hacia mas complicado mi trabajo, pues de un lado estaba la autoridad de García Márquez y del otro la infranqueable barrera de recuerdos que se levantaba, me di cuenta que la batalla era contra el escritor de Aracataca, dado que al parecer todos mis familiares conocían la frase. Desiste a los dos minutos pues era claro que mis piruetas de filósofo se asemejan a la motricidad de un chimpancé. Odie ser humano por unos días, pues decimos ser carroñeros de recuerdos y no somos más que una estirpe mentirosa con el presente.

En momentos como estos nos damos cuenta que reprimir recuerdos no es asunto meramente inconsciente; los ojos amarillentos y los cabellos descoloridos de los ancianos son la marca indeleble de quienes han sabido utilizar adecuadamente el silencio, pues el dolor como la felicidad exigen aislar o considerar aspectos de la memoria. Nos damos cuenta que los rostros apesadumbrados existen porque los malos recuerdos tienen la sorprendente cualidad de permanecer visibles sobre la frágil superficie de la memoria, al parecer logran flotar como señales imperecederas para recordarnos que somos gracias a ellos, pues las cicatrices pueden disimularse pero no olvidarse. Como decía Borges, siempre genial “el olvido no existe”.

Hijos no reconocidos, matrimonios ilegítimos, asesinatos, hijos no deseados, abandonos, suicidios, querellas no resueltas, violaciones, hijos errantes, relaciones incestuosas, hijos que al mismo tiempo son hermanos de la madre…. Todos las reglas implícitas y explicitas de los 6.236 versos (aleyas) del Corán transgredidas. Si debe culparse a alguna familia por las causas que darán fin al mundo en 2012 será a mi apreciada familia.

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